La esperanza

LA ESPERANZA

El viejo bebió su café a pequeños sorbos, eran apenas las cinco de la mañana. Miró a su mujer que sentada en la cocina le acompañaba y le comentó, —hay viento del sur, quizás hoy tampoco pueda salir, el mar debe estar muy rizado afuera.
Eran ya muchos los días de mal tiempo. Casi estaba perdiendo las esperanzas de que mejorara, estaba por terminar la temporada de pesca, quedaban pocas semanas para recuperarse un poco.

Subió al viejo camión y encendió su tabaco, se escucharon los compases de una canción dulzona, de esas que hablan de amores y amaneceres maravillosos, era la estación del Cayo, como cada viernes con su programa mañanero de música de antaño.
—¿Será que el tiempo mejorará? —se preguntó el viejo, camino al muelle donde anclaba su barco. Había sido una mala racha para la pesca de la langosta, poco dinero y mucho trabajo.
Las ganancias no daban más que para cubrir los gastos y algún que otro antojo de su vieja.

Estaba muy cansado. Llevaba cuarenta y cinco años dedicados al trabajo duro, había llegado la hora de decidir, necesitaba otra fuente de ingresos para ayudarse en el tiempo muerto, ¿pero, qué hacer? llevaba toda su vida pescando.
Amaba tanto el mar que se dedicó a él en cuerpo y alma, no sabía hacer otra cosa. Ese mar verde y generoso había sido su fiel amigo, lo alimentó y le permitió tener una vida holgada, pero el mar también se había puesto viejo… —¡seguro que él también está cansado!, —pensó.
Recordó que cuando era joven, —le decía a sus amigos que el mar le hablaba, y ellos llegaron a creerle, pues sus decisiones en materia de pesca y como capitán de su bote siempre fueron muy acertadas.

—¡Si al menos logrará una buena semana!, —podía compensar tanta perdida, —susurró en voz baja.
Él había sido un hombre optimista y de buen corazón, siempre ayudó a los que lo necesitaron. Su casa estuvo siempre abierta para dar un plato de comida a todo aquel hambriento. Se le escuchaba decir “una buena acción siempre te regresa un bien”.  No estaba desalentado, no había perdido su optimismo, solo se sentía sin fuerzas, un poco a la deriva sin poder controlar su destino.

Se pasó la mano por los ralos y canosos cabellos. —Esta noche lo consultaré con mi almohada, y mañana tomaré una decisión, —se dijo a sí mismo.

Sentía temor de la vejez cercana, le aterraba dejar desvalida a su vieja. Alguna solución aparecería, “la vida hay que vivirla día a día con lo que nos trae”, —filosofó.
En el camino de regreso vino pensando que de alguna forma saldría adelante, siempre encontraba una solución. Si sacaba de los ahorros pronto no quedaría nada.

Cerró los ojos, estaba agotado llevaba horas dándole vueltas al tema en la cama. Los pensamientos iban y venían sin que lograra decidirse. Voy a descansar, Dios proveerá y mañana será otro día, él me dará una señal,—dijo, y diez minutos después dormía.

Amaneció en medio de las brumas, un nuevo sol que casi no quería nacer, un brote pequeño y luminoso se divisó a lo lejos en el horizonte, el viejo lo observó desde la ventana de su cocina, no era mucho, sin embargo era suficiente para presagiar un día de calma, ——¡hoy habrá buen tiempo!
Se lleno de esperanzas.

Los focos de la vieja camioneta iluminaron el angosto camino al muelle, el viejo ya había encendido su tabaco y fumaba plácidamente, en la radio se escuchó una copla, avanzaba sin prisa, confiado, por el terraplén con destino al atracadero de botes.

 

Noviembre 2015
Berenice Morales

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